En la vida universitaria, cada estudiante va descubriendo su propio estilo de aprendizaje. Y entre los métodos más comunes están el estudio individual y el estudio grupal. Ambos funcionan, ambos aportan, y ambos pueden fallar si no se usan bien. Por eso, más que escoger uno para “toda la carrera”, lo ideal es aprender cuándo conviene cada uno y cómo aprovecharlos sin perder tiempo ni energía.
El estudio individual destaca por su flexibilidad. El estudiante puede avanzar a su propio ritmo, detenerse donde necesita, repetir explicaciones, anotar con libertad y concentrarse profundamente. Es ideal para materias densas, que requieren mucha práctica o memorización, como contabilidad, matemáticas o legislación. Además, permite identificar debilidades personales, organizar mejor el tiempo y evitar distracciones. Su mayor ventaja es la autonomía: uno mismo decide cómo, cuándo y cuánto estudiar. Su desventaja aparece cuando el tema se vuelve demasiado complejo o cuando la motivación personal baja, porque no hay alguien más que impulse el ritmo.
Por otro lado, el estudio grupal genera un intercambio de ideas muy valioso. Explicar un tema ayuda a fijarlo, escuchar interpretaciones distintas amplía la comprensión y trabajar con otros ayuda a detectar “puntos ciegos”. También fortalece habilidades importantes en la vida universitaria, como la comunicación, el liderazgo y la colaboración. Es especialmente útil antes de exámenes grandes, para resolver dudas o practicar ejercicios que se complican. Sin embargo, si el grupo no está bien organizado, puede volverse caótico, distraerse fácilmente o avanzar muy lento. Su éxito depende de que todos tengan una meta clara y respeten el tiempo de los demás.
Entonces, ¿cuándo es mejor elegir cada método?
El estudio individual es más conveniente al inicio del proceso, cuando se necesita comprender la teoría, organizar el material, hacer resúmenes o reforzar partes específicas que cada estudiante domina a su propio ritmo. En cambio, el estudio grupal funciona mejor hacia el cierre del ciclo, cuando ya se tiene una base previa y lo que se necesita es comprobar conocimientos, debatir ejercicios, preparar exposiciones o resolver dudas puntuales.
Lo ideal es una combinación: primero estudiar solo para entender, después estudiar en grupo para consolidar. Esto ayuda a aprovechar lo mejor de ambos mundos: concentración profunda y aprendizaje colaborativo.
Este equilibrio no solo mejora el rendimiento académico, sino que también fomenta una actitud más flexible y estratégica frente al estudio, permitiendo que cada estudiante encuentre la forma más eficiente y saludable de avanzar en la universidad.
