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Poesía Universal

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LA INOCENCIA GANADA

Fue primero el ingenuo palor del pabilo. La llama era cálida y limpia. Venían polillas danzantes a su halo y, lejos, la noche rendía en las charcas el canto de ranas y había en los árboles tibias sonatas de grillos y luna arrobada.

Hubo luego la impronta feroz de la fronda surgente. El hondo latido que marca la tierra. La lluvia feraz y el verdor de la hierba. Las frescas manzanas vestían sus pieles de escarcha y el sol era un fuego de halcones y jarcia.

Y llegaron después las palomas heridas. La tarde vestía un dolor de aceituna y de ortiga y el agua lloraba rendida en el pálido azogue del lago dormido. Las puertas se habían cerrado y un légamo turbio llenaba de orín los rincones.

Con los álamos rotos se hicieron entonces refugios umbríos. Por toda la sierra crecieron los ósculos, monstruos sonrientes de urbana ansiedad que aparenta ser libre pero no es más que un vértigo negro que busca esconderse de sí, olvidar su vacío interior, renegar de la muerte y huir sin cesar de la vida diciendo que así es la única forma que hay de vivir.

Mas las sombras dejaron también un lugar para el claro de luna. Y hubo un bosque y un duende tardío que vino montado en luciérnaga y quiso dejarme su vieja canción como mágica fórmula y yo recobré la alegría de entonces.

He encontrado una senda que es limpia y que se abre entre cañas lozanas. Arroyos fulgentes extienden regatos que brillan al sol y a la luna y dejan serpientes de luz por los campos. Y ahora recojo otra vez los aromas de siempre: la tierra mojada, la abierta madera, el barro y el musgo, la hierba que llena de amor la vereda…

Canto al fin la canción que olvidé y el recuerdo me oprime y me hace llorar de alegría, pues abro mi ser a la noche y al día y dejo otra vez que me inunde la antigua inocencia que ahora está iluminada.

 

Emilio Ballesteros