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Poesía Ecuatoriana

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BAlADA EN CUATRO TIEMPOS

1

Me bastarán, Señora, para amaros,

en mi morada junto a mí teneros,

un lecho blando para sosegaros

y una oruga de lumbre para veros. P. 86

 

Dadme la espuma de los ojos claros,

la nieve de los pechos altaneros

que mi canción tendré para embriagaros

y la noche de miel para venceros.

 

He de aguardarlos con la estrella en vilo

Para un perpetuo amar y un alborozo

de hoguera dulce y corazón tranquilo.

 

Y hemos de entrar en el silencio umbroso

cuando nos recojamos con sigilo

a morir juntos en el mismo gozo.

 

2

 

Nunca valdrá la cuita de olvidaros,

Señora, esta nostalgia de deciros

que estoy ensombrecido por amaros

y temo con mis sombras afligiros.

 

El gozo terrenal de acariciaros

y con grilletes del aroma unciros,

en niebla se mutó para lloraros

con un celeste enjambre de suspiros.

 

En qué ligero tálamo de punta,

Señora, un tiempo de centella breve

hizo y deshizo la bruñida espuma.

 

de vuestro cuerpo de textura leve

que me ha traído a la memoria en bruma

todo el fulgor de un pájaro de nieve.

3

 

Llegué, por fin, Señora, a desamaros

porque mi amor no supo reteneros

y pudo más la brisa al apagaros

que el corazón urgido en encenderos.

 

A qué brasa de olor debo juntaros

siestatua de ceniza he de saberos

y en la muriente noche he de ignoraros

por el ignoto albur de los luceros

 

Si un vuelo de paloma luminosa

habéis trazado en mi añoranza pura,

consentidme en el sueño, cautelosa,

 

que yo desciña vuestra vestidura

y en sus langores la secreta rosa

me embrague con el nácar de su albura.

 

4

 

Qué defunción de toda transparencia

el luto sideral de presentiros

en el transido cielo de la ausencia

una paloma de livianos giros,

 

aligerada ya sin mi querencia,

ni manos amadoras para ungiros,

ni coplas para hablaros en cadencia,

ni túnicas de luz para vestiros.

 

En qué tiempo remoto de agonía

nos alejamos del silencio umbroso

en que el amor amado no sabía

 

que por la ley del ángel quejumbroso,

duró lo que la espuma la ambrosía,

de morir juntos en el mismo gozo.

 

Gonzalo Escudero (1903 – 1971)