| A
Paúl Valery
El agua de violeta entre las manos.
Y la tarde … Y suspiros infinitos
quemando de amaranto tus cabellos.
Tranquilo tú, desnudo de ti mismo,
para admirar el fondo de tu estanque:
tu adormecida sed y tu cintura
de nácar -si se quiere- o de durazno.
Tu sexo de naranjo sin estío.
Y luz de ti manando, rebullendo.
Tu sangre ebria de sol. Y tu mirada
de áspid, de triángulo sin sombra.
Tu pulso. Tu estatura de verano.
Y el mar en verdes cópulas d espuma.
Debiera hacerte dique si eres río.
Debiera hacerte red inconmovible
para el perfil etéreo de tu aliento.
Debiera no quebrarte el alba pura,
pero tu voz se torna mi silencio…
Y muero en ti. Y mueren mis gaviotas
Y el mar -desde tus labios imposibles-
me nombra en ti, me asedia con tus rosas,
con cítaras y abismos y misterios.
Y caigo yo vencido. Y tú vencido
sin lámparas, sin diques, sin barreras.
Y pierden paz mi alma y mi sendero.
Y Dios, de bruces ante ti, se rinde.
David Ledesma |