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Vieja piedra de siglos tumbada
en la leyenda,
vieja arcilla morena de mezcla mitimae,
de las manos del indio adveniste a la historia,
con un collar de páramos, cantando yaravíes.
En ti tienes el alma del indio hecha montaña:
largo dolor de poncho, flor de lágrima fresca,
tendida en el camino para mirar auroras.
En ti, cántaros de agua que amamantan cosechas
y un puñado de angustias en las manos del indio.
Vieja piedra: en tus ancas de piedra, la voz ronca
de Huagñay engreído, se alistó a la contienda;
en tus senos de páramo yo apuré la nostalgia
de la raza y anduve tras el grito redondo
arrancado del viento por garganta mitaya.
Y encontré que ese grito era el mismo de
ahora:
grito fértil y antiguo de bocina y de quena,
que allá -cuando hubo de escribirse la historia-
con el diente afilado de cuchilla y arado,
mordió el vientre moreno de la tierra doncella,
para hacerla parir mil cosechas maduras.
Y encontré que naciste, como nacen las tardes,
mezcladas a los vientos, como las golondrinas:
tus pechos de montaña puestos frente del alba,
tu cintura cacique de bronce al mediodía
y tu boca joyapa cara a cara del sol.
Y oí que la palabra del padre Pachacámac
me dijo, señalando tu vastedad rotunda:
allí está el Ingapirca con su canción de
siglos,
allí el Narrío inmenso, paridor de secretos,
allí el Baño del Inti, allí el Libro del
Tiempo,
abierto ante los ojos buscones de la Historia.
Vieja piedra: en el monte besador de los astros
te levantas soplando bandalajes de niebla.
En ti amaron los surcos el verdor de la espiga,
la dulzura dorada del trigal, y el manojo
amarillo de callos en los dedos del indio.
Así te amaron todos, así te amó
mi anhelo,
así el año testigo de la fábula, el polvo
vozarrón del camino, y el ceño displicente
del armado colono que rompió tu llanura.
Vieja piedra lanzada a la orilla del tiempo,
vieja arcilla morena, yo te entrego mi canto
en la boca fragante de tus bellas mujeres.
En sus vientres fecundos se aquietaron los vientos,
en sus senos dormidos despertó el ala blanca
de mi verso, en sus manos se formó la corriente
rompedora de angustias que te traigo en mis manos.
Aquí, latiendo enorme mi corazón indígena.
Aquí, collar de páramos cantando yaravíes.
Aquí sudor de poncho, fresca cántara de agua,
y un dolor hecho versos en el alma del indio.
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Bajo el Signo de Acuario puso huella
en la tierra del Sur entrigalada;
compañero del viento y la nevada,
de los campos candeales y la estrella.
Tuvo de Leo una mujer. Era Ella
su parcela de paz, la bienamada,
donde por siempre maduró, sembrada
con semilla de amor, la misma estrella.
Una estirpe de viejos labradores,
hizo casa de barro en los alcores,
donde el sol era huésped cotidiano.
Desde esa casa y ese sol, un día
salió para vivir la lejanía,
robado el corazón por el verano.

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