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Reseñas

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TIEMPOS MAYORES

DIGO, MUNDO ...,

INFIEL A LA SOMBRA

LA CONQUISTA DEL AGUA

Humberto Vinueza
Quito, El Conejo, 2001

Humberto Vinueza ofrece al público lector de poesía una nueva muestra de su producción, "Tiempos Mayores", obra de madurez y decantación. Como su autor lo confiesa, "Tiempos Mayores" parte de deslindes y reconversiones. Por un lado postula, una vez más, esa manera suya de hacer poesía con los elementos más brumosos o palpitantes del acontecer cotidiano -visible herencia del "Tzantzismo", el irreverente movimiento de poesía insurgente y profundamente política de principios de los años sesenta del siglo pasado-, pero al mismo tiempo intenta, no siempre con éxito, una superación de esa factura inmediata y política.
El poeta vuelve, insistente, en su lucha verbal y metafórica contra la deshumanización que permea perversamente al mundo. Perdidas las certezas en un orden mejor al alcance de la mano, Vinueza sin embargo no pertenece a las filas de muchos desertores de la esperanza de su propia generación. Pese a las máculas en un poeta de tradición épico-objetiva, "Tiempos Mayores" se sustenta como una de las obras más logradas de Humberto Vinueza, y por supuesto, una de las más importantes y valiosas de autores ecuatorianos en los últimos años.
"Mientras dura el pedernal sonando en las esferas/ se constituye un arco de topa y pasa,/
una calzada, un arquitrabe./ Latidos se desgranan/ sobre la arcilla transgénica,/ la fecundidad del cemento,/ el calicanto propicio"

Eliécer Cárdenas.

Ulises Estrella
Quito, Libresa, 2001

Poesía diáfana -y, al mismo tiempo, enérgica- que, en su afán totalizador, canta las raíces históricas del país, las leyendas que lo sustentan, los sucesos y angustias del diario vivir, las propias soledades.
Hondamente humana y testimonial, la escritura de Estrella apuesta a lo mejor del ser humano, a su libre transitar por la vida, a la superación de antiguos prejuicios; es, realmente, una declaración de amor al hombre, a la ciudad, a la tierra. Así, vemos aparecer en ella, junto a símbolos nacionales y quiteños (Mariana de Jesús, las dos Manuelas, la Virgen de Quito, la Compañía ...), y viejas leyendas (Cantuña, La Giganta, la Torera ...), los constantes avatares de sus habitantes; situándose el poeta siempre del lado de los más débiles.
Lo que extrañamos en esta poesía de un distinguido ex "tzánzico" es el enfrentamiento más decidido con el lenguaje, sus posibilidades y talentos.
"Sólo asumiendo, así el dolor/ se enfrenta, la tiranía/ de la vida no pedida,/ de la ley no sentida,/ del ancho olvido / que los hombres, por costumbre, / hacen de sí mismos"

Sara Vanégas Coveña

Maritza Cino Alvear
Quito, Libresa, 2000

Luego de una interesante trayectoria en la poesía ecuatoriana -con cuatro poemarios y diversos reconocimientos a su trabajo literario-, con esta obra, Maritza nos ofrece un manojo de textos de gran intimismo; breves y lúcidas claves hacia nuevas e incógnitas realidades, buscando siempre "la palabra que se esquiva".
En esa búsqueda, entre estaciones de soledad, muerte, indiferencia, olvido y amor, se configura una suerte de autorretrato de la autora, austero y doliente.
Mas, dentro de su hermetismo característico, siguen siendo los poemas amorosos los que más seducen. Como éste, por ejemplo:
"Me condujo por fuegos telúricos/ condenó mis teorías/ a la heredad de su cuerpo.// En la voracidad de su boca/ desentrañé mis espasmos.// Vendó mi libertad/ con la ingenuidad del instinto."

Sara Vanégas Coveña

Xavier Oquendo Troncoso
Quito, baez.editores, 2001

Siguiendo "el camino del agua" llegamos a la palabra de este "hombre oxigenado", a su "borrachera de agua". Hermoso camino que no parece tener final. Unas veces, es cierto, lo sentimos abrupto, como incompleto, no del todo allanado; pero otras, como en la última sección del poemario, el andar (bogar) por él se vuelve una exquisita travesía, entre canto de amor y elegía, entre luces brillantes y grises sombras.
Somos testigos, en esta obra, de numerosos y efímeros paisajes -un tanto surrealistas-, de nuevas aventuras del ser y del lenguaje.
La palabra es siempre encendida y convocante, hechizante, diáfana. Fresca, juguetona, como recordándonos a cada paso la alegría de vivir, de caminar, de escribir, de ser ...
"¡Escuchad! / Es el agua amaneciendo. / Poniéndose frondosa / a los ojos del día. / Llevándose en la cruz / el aguacero de los trópicos. // ¡Escuchad! / El agua amaneció otra vez / en los oídos de los pájaros."

Sara Vanégas Coveña