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la carencia primordial de
la esencia es el hambre perpetua
del que siempre tuvo hambre: nadie nos tiende la luz sino
el tiempo: sólo la muerte de cada día nos fue concedida
nos salvará el nervio?
la pupila antes que se apague?
los bolsillos repletos de guijarros, el alma de gavetas? quién
dirá mi nombre? en qué pecho latirá otro
igual al mío que fue?
los que hablan por los que
callan piensan "quizás sea partir
un beso eternizado" o es el sexo la ebriedad, desganadamente
el preludio amoroso (tan viejos somos como la tierra recicIada)
quizás fetiches tontos
la ceiba, la nieve, los límites perfectos
de la política y la cartografía. pero y el amor?
no el perfume
sino el recuerdo de su aroma, la piel que ya no se palpa
los que sobrevivimos allí
donde la piedra sentirnos
el amor como un naufragio y nos ahoga la sílaba tendida
entre
e] susurrante busto a las luces y umbredades de un cuerpo intimo
y cuál es la casa,
en fin, si no su palabra suave y su voz
la tibieza añorada desde el costado y el frío de
un suspiro
la acuosa herida de Cristo por donde navega el verso descalzo?
Raúl Tápanez
(cubano)
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la muda
agita los brazos
en la noche
con espasmos
de colibrí
(aquel hombre
no la escucha
-no podría escucharla-)
sus ojos
desmesuradamente
abiertos
laten
contra la oscuridad
quién hay
quién
para ese mensaje
de inocente torpeza
escrito
en aspas
sobre el aire
quién
mientras tanto
el piano de Jane Campion
se hunde
y la cámara de Tina Modotti
ciega
bajo el Moscova
Marcela Armengod (argentina)
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