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Y tomé, vanamente,
el trapo de los días,
para limpiar, desde un comienzo,
el pasado de los hombres
Hemos lactado las raíces del tiempo,
desde sus orígenes
-aferrados al cuello de la arcilla-,
hasta que nos crezca la lluvia.
Y caernos de pregunta,
como las hojas del otoño.
Anduve, con la embriaguez,
por antros del tiempo y espejos.
Izando, frente a las multitudes,
Mi costillaje desnudo;
con el presagio del enfrentamiento.
Este veneno diario, amigable,
que me bebo y me destierra,
cada vez que me despierta.
Eugenio Crespo Reyes
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V. Coda
un hombre que al barajar
las cartas el azar le impuso un nombre efraín jara se prepara
para la final partida de dados anfitrión solitario un tanto ebrio
todavía contempla a la madrugada los restos del ágape ceniceros
repletos sillas derribadas copas rotas o a medio vaciar hay una
ominosa mancha de vino en la blancura del mantel como desolladura
en la espalda adorable de una mujer
el tiempo no es culpable de estos destrozos sino la combustión
de la intensidad su misma condición meteórica que obliga a resolverse
al frenesí en esparcidas cenizas de holocausto
tantos días dilapidados
como monedas que van a ser retiradas de circulación tantos sueños
tronchados sin alcanzar la estación propicia para la gracia de
la flor tanto apagarnos y relumbrarnos sin término tanto polvillo
de alas de mariposa en los dedos desatinados de la memoria sin
nosotros no hay tiempo no hay espacio sólo el vacío extasiado
en su transparencia pero con la urgencia del tiempo convocamos
la ausencia y el deterioro aunque quizá no sea el tiempo ni la
irritación por lo que se disgrega en harina lo que fuera nuestra
alegría sino el aferramiento a lo que se desplomará con el estruendo
de nuestros huesos la muerte contrae nupcias con el dolor por
el apego a las cosas que nos rodean
Efraín Jara Idrovo
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