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No
era un héroe,
porque los héroes tienen el alma hueca
para que soplen
los insaciables de terrible memoria,
que van pasando por lo cadáveres.
No
era un santo,
porque no tenía la gracia del ser débil,
para llevar a todas horas
la roca absurda de las oraciones.
Y no era un santo
porque odiaba leer los calendarios.
No
era un sabio,
porque tenía la gracia de ser fuerte,
para caer
bajo tanto tiempo de sabiduría
y levantarse con un balbuceo.
No
era un redentor tampoco,
aunque había llorado mil veces sobre su arena lóbrega,
bajo un árbol cualquiera,
en una isla cualquiera,
que era la isla de su propia sangre.
No
era un héroe, además,
porque temía
al tiempo verdinegro de las pátinas.
No
era un sabio, además,
porque le lastimaba
que lo retraten con la lengua afuera .
No
era un redentor, además,
porque le daban risa los sacrificados
por toda la podredumbre de los santos.
No era un héroe.
No era un santo.
No era un sabio.
No era un mártir...
Era un hombre y era todo.
Teodoro
Vanégas Andrade
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Busquemos por la luz el
Cántaro de Fuego,
y, la muerte preludio de un sol inalterable
será el único galardón de haber vivido.
La noche del mundo pasará
como un rebaño negro
de nubes y campanas enlutadas.
En las horas largas de impaciencia,
esperemos,
cada vicisitud engendrará un himno de esperanza
en nuestro dolor purificado que inmortalidad reclama
ha de brotar la aurora como una rosa blanca
en mitad de las manos.
Hay muchos modos de ser
malos, no somos inocentes
de esa algazara de nervios con licor en la sangre,
volvamos a ser hombres, sin pretender ser ángeles
ni bestias.
Estamos en todas partes
con un cero en el alma,
viajeros con alforja vacía y sal entre las llagas,
porque las cosas existen
en términos de huida.
Jorge Astudillo y A.

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