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María Augusta Vintimilla
Quito, Universidad Andina Simón Bolívar, Corporación Editora Nacional,
1999
Libro que sugiere los caminos
a seguir por el lector de la poética de uno de los más altos exponentes
de la lírica ecuatoriana. Se trata de un análisis profundo, minucioso
y exigente de la obra de este autor cuencano (Premio Nacional
de Cultura, 2000), en un recorrido que, partiendo de Tránsito
en la ceniza (1947), continúa por El mundo de las evidencias (1970),
Oposiciones y contrastes (1976), Sollozo por Pedro Jara (1977),
In memoriam (1980), Alguien dispone de su muerte (1988), hasta
llegar a Los rostros de eros, hasta hoy último poemario publicado
por Jara, en 1997. En esta obra, la autora destaca la recurrencia
de lo cotidiano, lo coloquial, lo sensorial, así como la permanente
experimentación lingüística y formal del poeta, elementos característicos
de su quehacer, y que a la vez se constituyen en vehículos idóneos
en la búsqueda de una trascendencia desde el aquí y el ahora.
Franklin Ordóñez
Luna
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Sara Vanégas Coveña Guayaquil, Casa de la Cultura
Ecuatoriana, 2000 PREMIO NACIONAL DE POESÍA JORGE CARRERA ANDRADE,
2000
Los tópicos del viaje, el amor, la memoria, el
mar son los referentes más frecuentados a lo largo de toda la
poesía de Vanégas, semiotizados en códigos simbólicos que relacionan
ese viaje con la vida y sus aventuras; el amor, con el goce un
poco a la manera de Camus, el que se produce por el contacto con
la naturaleza, el sol, la arena que impacta la conducta y la memoria
para siempre; y la presencia del amado más bien imaginado, soñado,
recordado en los silencios y en las reminiscencias que guarda
la memoria. /.../ No se trata de un discurso autorreflexivo, sino
de uno monológico, cuando el eje que domina es el de la soledad,
ya anunciada desde el inicio del libro; y de uno dialógico, que
se dirige a un tú con el que se comparte ese recorrido por los
referentes del viaje y del sueño de ese viaje, que finalmente
abarcan la metaforización total de los textos. /.../ La poesía
de Sara Vanégas ha recorrdio muchos lugares en diversos idiomas.
Su huella, tan personal y definitiva, ya está presente en los
registros de la literatura ecuatoriana y latinoamericana.
Cecilia Vera de Gálvez
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Catalina Sojos Cuenca, Universidad
de Cuenca, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2000
Escritura agónica, repleta de intuiciones
y memorias, la obra es un intento de auto(re)conocimiento y
superación de la soledad. Protagonistas son el yo poético y
la casa (tradicionalmente símbolo del mismo yo, aunque aquí,
"Algo no llega a identificarse conmigo"), que, sumidos en un
mundo de abandono y ruina, ven pasar frente a sus ojos la vida,
bella y lejana ("Afuera el paisaje se abre esplendente desde
siempre"). La casa es probablemente todavía el rincón más seguro
del yo, el lugar en que aún es posible refugiarse sin mayores
riesgos. Y, en esta lucha desigual entre los recuerdos y la
esperada "bendición del olvido", ese yo fragmentado y aterrorizado
busca alivio en la huida final: "¡Ay, te convoco muerte, ven,
ven y llévame contigo!". Todo ello enmarcado en el repiqueteo
obsesivo del tambor, que cual manto oscuro delimita ese mundo
cansino y sin esperanzas, separándolo definitivamente de la
luz. El rincón del tambor es algo así como un diario de la desolación,
el balbuceo del yo atrapado entre sus propios fantasmas y restricciones:
el paso del tiempo, el desamor, la añoranza. Y la imposibilidad
del olvido. Bello despliegue de imágenes evocadoras, en una
atmósfera gris, cuyo brillo amenaza con arrastrarnos también
en su torbellino de sombras.
Sara
Vanégas Coveña
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Eugenio Crespo Reyes Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana,
2000
Poesía epigramática, silenciosa y hermética (si bien ya menos
que sus obras anteriores). Meditativa y filosófica, nos conduce
a través de los laberintos del tiempo, de los espejos y la memoria,
hasta desembocar en el vértigo de la caída: "Somos las formas
del tiempo, / un sonido agudo y prolongado; /que nos golpeamos
-como un péndulo- / en los extremos del silencio, / de este
obscuro y gigantesco universo". Para el poeta, el tiempo no
es no una sucesión monótona de pasado encarnado en el presente,
en la que se encuentra como en una cárcel, doblegado el yo ("No
dispondremos de las llaves, / para abrir la cerradura del tiempo.").
Mientras que la impiedad de los espejos solo puede reflejar
lo poco que nos queda de humanidad: "Somos, frente a los espejos
/ esta mueca, el cortejo y el enigma; / el resultado de nuestra
confrontación." Verso a verso, Crespo insiste en que todo es
pasar, y que lo que queda de ese pasar nuestro por la vida no
es sino reflejo apenas, que pronto se borrará, como nosotros
mismos. Escritura cortada, fragmentada; juego doloroso de luces
y sombras.
Sara Vanégas Coveña
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